Ellas… Mujeres.

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Y la vida las fue llevando de un lugar a otro… Circunstancias diversas, fueron forjando las memorias que hoy orgullosas, y con un aire de cierta victoria, llevan escritas con tinta indeleble en cada uno de sus corazones.

Son ellas las que al encontrar piedras en sus caminos, no sólo aprendieron a seguir, aún con el dolor de haber tropezado; si no, que muchas de ellas, no tuvieron otra opción que llevar a cuestas alguna de esas piedras.

Ellas que con sus sonrisas, saben ocultar el dolor que callan sus labios, pero que gritan sus ojos… Las que tienen las palabras exactas para aconsejar; las que saben guardar silencio cuando queremos hablar… Las que llevan sus heridas, tatuadas como estrellas en su alma, y cual si fuesen guayacanes, se doblan, pero nunca se parten. Esas que siempre están ahí; y son capaces de transformarse en lo que se necesite para el momento. Hijas, madres, hermanas, amigas, esposas… O simplemente MUJERES.

He tenido el privilegio de conocer sus historias… Las he visto llorar, y me sorprende ver como se hacen más fuerte con cada lágrima que derraman. También las he visto reír, y he llegado a ver iluminarse todo el entorno con sus anchas sonrisas.

Unas más jóvenes que otras… Con diferentes creencias… Y distintas historias… Pero con algo en común… El espíritu firme y en pie de lucha, en busca de sus objetivos.

Hoy las miro con admiración y son para mi como una eterna fuente de sabiduría… Pues, de cada una he tenido algo valioso que aprender…

Gracias por la existencia de cada una… Y por dejarme pertenecer de una forma u otra en sus agitadas vidas.

H.M / M.E / C.M / C.H / S.A / M.E.P / E.S / M.P / A.A / Y.C / Y.N / P.G. / E.Q / H.O / M.M / M.P.V

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Letargo…

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Y sólo por evitar tantas cosas… De un todo te atreves a ser nada… Por el simple hecho de no estorbar.

De muchas palabras, prefieres el silencio… Sabiendo que en éste, se encuentra todo aquello que quieres decir.

Borras el camino, vas mojando tus huellas… Para que nunca te sigan… Para que nadie te encuentre.

Y solamente para impedir algunas cosas… Optas por ceder el paso… Y así concedes la victoria. Sólo porque sabes que entre vencer o no; la diferencia que existe ya es muy poca.

Comienzas a eliminar las plegarias… No esperas nada. Mientras te preparas para recibir todo.

Y tan sólo por esas cosas, privas de visión a tus ojos… Por aquel amenazante aviso de que te quedarías sin luz.

Entonces te camuflas en las piedras… Por la pura voluntad de no sentir.

Decepción… Y todo se quiebra.

Estoy decepcionado(a)!

Es común escuchar o exclamar esta expresión. Pero… Qué es la decepción?

Particularmente digo que la decepción puede verse como la piedra que nos hace tropezar, pero que al mismo tiempo nos ayuda a permanecer más atento a nuestras pisadas posteriores.

Una frase muy famosa dice algo más o menos así: “La decepción tiene la ventaja de aclarar el panorama que nos rodea”. Se puede también describir la misma, como el velo que se les cae repentinamente a las almas que no han decidido transitar desnudas.

La decepción llega a calar muy hondo en la vida de cualquier ser humano. Es un tema profundo, complejo y doloroso…

Muchos de nosotros (y me concedo el permiso para poder decir que “Todos”) en algunas situaciones, hemos sido víctimas de una decepción, o en su defecto hemos propiciado voluntariamente la misma en otros. No sólo sentimos decepción por cosas o personas que se encuentran en nuestro exterior, pues en muchos casos, se puede llegar a sentir decepción incluso por nosotros mimos.

Una mentira, una traición, un sueño frustrado, una palabra, y hasta un inoportuno silencio, pueden ser las causas mas frecuentes por las que vemos levantarse el telón de la obra en la que se ha convertido aquello que creímos parte de nuestra realidad.

Nunca se está preparado para nada en la vida; menos para las cosas que nos generan un malestar casi permanente. Por eso es tan difícil lidiar con este tipo de situación; y si bien atendemos a estas últimas líneas, comprenderemos que la lucha con la misma será siempre así, difícil, pero no imposible.

La ira normalmente es la primera sensación que acompaña a nuestro ser en un determinado trance de decepción. Podemos llegar a sentir un nudo hacerse en nuestra garganta, hasta el punto de no llegar a digerir ni siquiera nuestra propia saliva. Nunca falta el dolor, que aun no siendo especialmente físico, llega a oprimirnos el pecho, causándonos una sensación de asfixie. Las lágrimas también, pueden hacerse presentes en aquellos que creen en el poder que tienen las mismas para limpiar el alma.

Cuando pasamos por todo lo que hemos descrito con anterioridad, quisiéramos pellizcarnos y despertarnos para escapar de la pesadilla en la que nos vemos envueltos. Pero para nuestra desdicha, comprobamos que todo es real, que estamos muy despiertos y no sólo porque tengamos abiertos los ojos. De repente se asoman las culpas hacia otros, al mundo, al día, a la hora, al clima, a la fecha, el tráfico y hasta a nosotros mismos.

Atravesamos por toda esta odisea hasta que la calma silente, paciente y fiel se acerca a nosotros y es cuando bajamos las armas; culmina esa guerra innecesaria con nuestro interior y nos reconciliamos con nuestro espíritu.

La decepción es igual que un fracaso, y no por haberla vivido debemos sentirnos derrotados; Pues las heridas llegan a sanarse y las cicatrices pasan a ser mas que un aprendizaje, una alerta futura.

Decepcionarnos no significa detenernos; por tanto aprendamos a calzar nuestra voluntad con la fe de seguir creyendo en nosotros y en aquellos que bajo toda circunstancia, continúan acompañándonos  en el camino que vamos forjando al andar.